lunes, 5 de mayo de 2008

Mientras no despierto

Son las 18 horas. Alguien que jamás puedo ver, entra en mi habitación monótonamente. Día tras día, siempre es lo mismo. Y mi intriga por ver su rostro continúa. De alguna manera siempre se las ingenia para no mostrármelo.
Me gustaría poder gritarle que no coloque esa máscara en mi nariz, que no la necesito; Que ese flujo de oxígeno turbio, me asfixia y me quita la luz durmiéndome en un oscuro sueño. Pero sé que es inútil. En no más de dos minutos me adentraré en una nueva pesadilla, mucho peor que la que transcurre cuando estoy despierto postrado en la misma cama desde hace años.
Sólo quedan 30 segundos. Comienza la cuenta regresiva mientras observo el reloj de pared: 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1.

Desperté a las 7 horas, no podía ser de otra manera. Comienza la rutina.
Otra vez ese enfermero tan desagradable de la mañana, saludándome: -¡Hola vegetalito!-. Odio que me llame así ¿Acaso él no se parece a una asquerosa y sucia papa con ese obeso cuerpo que tiene?
Puedo percibir su nauseabundo olor a colonia barata, prefiero el olor a hospital que el de esa horrible colonia.
¡Es tan asqueroso! Cabello largo atrás y calvo arriba. Teñido de un borra vino descolorido y opaco; Desalineado y afeminado, provoca pequeñas puntadas en mi cabeza.
Además, se nota que odia su trabajo. Debe creer que no me doy cuenta de la manera despectiva en que me trata. Claro, como no puedo moverme ni quejarme, cumple con su trabajo y chau.
¡Es tan bruto! Me da vuelta como a una tortilla para cambiar las sábanas, después de haberme echado agua encima con un balde. Y no es que físicamente me moleste, ya que después del accidente no siento más nada. Por ahora, pero solo hasta que me recupere, solamente soy un cerebro, pero me duele su actitud.
Cuando esté bien y les cuente a mis papás toda esta situación, ellos no van a dejar las cosas así, seguramente van a levantar un acta para que este señor no vuelva a tratar así a las personas.

Son las 8:30 horas, el desagradable enfermero, se ha ido. Veo correr las agujas del reloj de pared frente a mi vista ¡Cuánto deseo que quiten el reloj de allí! El tiempo se vuelve infinito aquí.
La única hora que deseo que el cruel reloj marque, es esa hora en que mis penas se olvidan, al menos por un instante.
Las horas no mueren con nada hasta las tres de la tarde, mi momento más feliz, mi único momento feliz. Desearía que alguien venga a cambiarme de posición para ya no tener que mirar el maldito reloj.

Son las tres de la tarde. La oigo acercarse. Ya se escucha su risa retumbar a través del pasillo. Cada vez es más fuerte. Escucho que la puerta de mi habitación se abre. Entró aquí, puedo presentirlo. Ahora justo frente a mí, me mira fijamente, igual que todas las tardes. Con sus rizos dorados que me recuerdan al lejano sol y su piel tan tersa y rosada, a la frescura de la brisa, me transporta con su mirada cristalina a mi único bello sueño posible, el de ser real para alguien. Hace que me sienta vivo e inmortal para siempre.
¿Es que acaso nadie más comprende que estoy aquí?

Ya van a ser las 18 horas. Están por apagarme ¿Cuál será mi pesadilla de esta noche?
La de anoche fue la más horrible y real pesadilla que he tenido; Papá y mamá entraban a la habitación mientras dormía. Luego me besaban llorando desconsolados sobre mi pecho, diciéndome que lo sentían mucho, que hubieran querido que las cosas fuesen diferentes. Que los médicos habían dicho que no quedaba ningún tipo de esperanzas para mí, y que ellos, muy apenados, ya no podían sostener los gastos que implicaba la internación. Sus desgarradoras expresiones me quebraban, mientras me confesaban con gritos y llantos: -¡Clínicamente estás muerto, hijo! ¡Ya nada se puede hacer hijo! Está clínicamente probada tu muerte cerebral...
Fue horrible ¡Tan real! ¿Cómo podría estar muerto?

¡Qué raro! Mamá y papá están aquí y faltan minutos para las dieciocho.
¡Hola mamá!, ¡hola papá! No se imaginan las ganas que tengo de gritarles cuanto los amo y que pronto estaré con ustedes como antes. Denme un poco más de tiempo. Sé que es difícil para ustedes. También lo es para mí. No saben cuanto dolor me causa no poder hablar ni moverme y amar sin poder demostrarlo.
¡No, por favor!, Hoy que ellos están aquí no me duerman. Pero... ¿por qué hay tantos doctores aquí? Y hoy... hasta decidió venir el sacerdote. Papás, no lloren, pronto volveré a ser el mismo, se los prometo. ¡No!, ¡no se vayan! Tengo miedo, ¿Por qué hay tanta gente aquí? ¿Mamá?, ¿papá?
10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1… cero.

5 comentarios:

juan borges dijo...

uf, me encanta como escribis, cada vez esta mas afinada tu prosa..

Xergito dijo...

... lo releo y pega duro.. como mierda haces para ponerte en la piel de un comatoso? me enkantaria escribir asi.. es muy bueno

Yeli dijo...

Por la naturaleza de mi profesión he participado en muchos desenlaces y he acompañado a mucha gente en su proceso hacía su trasnformación espiritual. Somos bedecidos por el cielo cuando facilitamos a alguien seguir su rumbo...
Un abrazo
Yeli

Quiqué Buñuelos dijo...

gracias chicos...
me gustaría ke estas realidades no exitiesen pero...lamentablemente a algún lugar bueno irán los muertos ya ke los buenos se kedan poco en esta tierra infernal de mierda...
Me encanta Yeli ke haya gente como vos ke tenga esa fuerza para hacer sentir un poco mejor a kienes sufren...
Yeli no pude comentar en tu blog...espero ke me digas cómo y ke sigas pasando...ké lástima ke estás tan lejos...aká se está armando una buena movida independiente...
sigamos en contacto...
abrazos

©Claudia Isabel dijo...

Una patada dura en el estómago...patada que es necesaria dar!